“EL MÁS ALLÁ”

Tendemos a pensar que la muerte no va con nosotros. En cierto modo, es lógico y hasta conveniente que la veamos poniendo un claro distanciamiento; lo contrario sería hacer de la vida un “lugar invivible”. Hay quienes hablan de ella con extrema naturalidad, enfrentándose a sus garras con una pasmosa resignación. Esperan gozosos la llamada de ese “Dios” que nunca se atreve a dar la cara. Supongo que la Fe les ayuda durante el tránsito. Pero yo no les creo. Al menos, no del todo. Apuesto a que sus temores y sus miedos no se diferencian tanto de los míos. Nadie puede saber lo que hay “más allá”, ni siquiera si existe “más allá”. Quizá, por eso, cuando muere una persona joven o con más de media vida por vivir a todos nos entran unas unas ganas repentinas de cambiar nuestro “más acá”. La sentencia que solemos repetir es la de, “no somos nadie”. Pues siento contradecirles y contradecirme porque si que somos alguien. Somos todo eso que nos va pasando mientras pensamos que la vida no pasa. ¡Y ya lo creo que pasa!. Pasa mientras nos enredamos en cosas, generalmente, poco trascendentes. “Guerras absurdas que me temo no ganará nadie, resentimientos que no son más que fotocopias del dolor, odios que nos empobrecen como seres humanos dificultando el aprendizaje…¡En eso si que somos realmente buenos!. Cómplices de la poderosa estulticia galopante. Me niego a hacer un ejercicio de cursilería barata , entre otras cosas, porque soy consciente de que la rutina es lo suficientemente miserable como para pretender que la utopía tenga ni un solo minuto de gloria. Mañana habrá que volver al trabajo con esa máscara de hierro para que muchos cínicos (ni me incluyo ni me excluyo), puedan seguir sobreviviendo. Habrá que salir nuevamente a la calle y poner en funcionamiento todos esos organismos oficiales y no oficiales que nos agotan, que nos consumen, que nos desvían hacia otros mundos más falsarios. Me conformo si nos queda un hueco (da igual lo pequeño que este sea) para decirles a quienes más queremos que les queremos, que necesitamos un abrazo suyo como la noche necesita del silencio y el barquito de la mar. No quiero inquietar a quienes tienen la suerte de ser más creyentes que yo. Pero confiarlo todo al “más allá” me parece un tremendo riesgo que ni me apetece ni estoy dispuesto a correr. Si hay que arriesgar, arriesguemos a vivir dándole todo el valor que merece al ahora. No creo, sinceramente, que podamos sentirnos dueños de mucho más.

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